La muerte es motivo de reflexión y preocupación desde siempre, y ha obsesionado a las personas de todos los tiempos y civilizaciones, que han intentado comprender lo que nos ocurre en este trance.

La Masonería aborda el tema de la muerte en esta alegoría de Hiram. Todas las culturas, creencias o religiones tienen irremediablemente que encarar el hecho de que los seres humanos, como todos los seres vivos, morimos.

La Masonería y en concreto el grado de Maestro da una gran importancia a lo que se denomina la Leyenda de Hiram, que recoge un conjunto de enseñanzas y valores a transmitir a los Hermanos masones. La narración de la leyenda cuenta que Hiram fue asesinado por tres Compañeros que trabajaban en la construcción del templo de Salomón, y deseaban tener acceso a un conocimiento que no les correspondía. Hiram prefirió morir antes que doblegarse ante las amenazas de estos malos Hermanos masones.

El relato refleja el conflicto entre la virtud y los vicios humanos. Además y no menos importante, nos dice que la muerte no es el final, que la huella de nuestra virtud perdura en este mundo, en las personas cercanas –y quizás también en las no cercanas– una vez que ya no estamos, y que sin saberlo, pero intentándolo, quizás hayamos puesto nuestro granito de arena para lograr un mundo un poco mejor.

Los Maestros masones se reencarnan simbólicamente en un hombre virtuoso, Hiram, que supo defender sus valores pagando el alto precio de su vida. Su muerte no fue el final; al contrario, su virtud perdura en todos los masones esparcidos por la faz de la tierra. Por eso los masones son conocidos también como los Hijos de la Viuda.

Ahora bien, ¿quién es Hiram? En la Biblia hay dos personajes con el nombre de Hiram: el rey de Tiro y un gran artesano enviado desde Tiro para trabajar en el templo de Salomón. El relato del templo, así como los dos Hiram, se encuentra desde 1 Reyes, capítulos 5 a 7, y también se relata en Crónicas, capítulo 2, versículos del 2 al 5.

 

«Yo, pues, te he enviado un hombre hábil y entendido, Hiram-Abi (hijo de una mujer de las hijas de Dan, mas su padre fue de Tiro), el cual sabe trabajar en oro, plata, bronce y hierro, en piedra y en madera, en púrpura y en azul, en lino y en carmesí. Asimismo, sabe esculpir toda clase de figuras, y sacar toda forma de diseño que se le pida, con tus hombres peritos, y con los de mi señor David, tu padre.
– La Luz que nos iluminaba ha desaparecido. El mejor de nuestros Hermanos ha caído bajo infames golpes mortales y estamos seguros, !ay!, de que los obreros que han cometido este crimen son Compañeros.
– ¿Tenéis conocimiento de alguna conspiración fraguada contra nuestra Orden y contra sus miembros? Pues bien; si sois inocente de ese crimen, debemos comprobarlo ahora mismo. Acercaos a ese cadáver y, si no sois uno de los asesinos ni de sus cómplices, no deberéis temer que nuestro Hermano se yerga ante vos para clamar venganza y para maldeciros.
[…] El masón al que lloramos es aquel que iluminaba nuestros Trabajos, nos consolaba en nuestras aflicciones y nos estimulaba.
Ha sucumbido, víctima del más deleznable crimen.
El sabio rey Salomón tuvo el piadoso propósito de elevar un Templo a la gloria del Gran Arquitecto del Universo. Hiram, experto en el Arte arquitectónico y en el trabajo de los metales, había sido elegido para dirigir a los obreros, de los que fue nombrado Maestro.
Faltaba poco para que se concluyera la edificación, pero algunos Compañeros, viendo que la Obra iba a terminar y que ellos aún no conocían los Secretos de los Maestros, resolvieron penetrar en la Cámara del Medio de grado o por fuerza. Como no podían conseguir tal fin sin hallarse en posesión de la Palabra de los Maestros, se concertaron para arrancársela al Maestro Hiram.
Tres de esos miserables, los más corruptos, decidieron intimidar a Hiram para conseguir, tratando de asustarle, lo que no esperaban recibir de él por su libre voluntad. Se habían propuesto darle muerte acto seguido, para tratar de sustraerse al justo castigo que debería caer sobre ellos por tan criminal audacia.
Tras haber adoptado, secretamente y en la sombra, las medidas que, a su juicio, podrían hacerles triunfar en tan detestable empeño, esperaron hasta la caída del sol. En ese momento, cuando los obreros partían tras haber concluido su tarea, el Maestro, que se retiraba siempre el último, se encontraba solo y sin defensa.
El Templo tenía tres puertas: una hacia Oriente, otra hacia el Mediodía y la tercera hacia Occidente. Los tres cómplices se situaron cada uno en una puerta, a fin de que, si el Maestro escapaba de uno, no pudiera evitar a los otros.
Hiram, tras haber acabado de inspeccionar los Trabajos del día, iba a retirarse por la puerta del Mediodía. Entonces salió a su encuentro uno de los conjurados, provisto de una pesada Plomada, a guisa de arma, y le pidió en tono amenazador ser admitido como Maestro. Hiram, con su acostumbrada bondad, le dijo: “No puedo yo solo concederos ese favor. Es necesario el consenso de mis Hermanos. Cuando hayas completado tu tiempo y te halles suficientemente instruido, consideraré un deber proponerte a la Cámara de Maestros”. “Estoy ya suficientemente instruido”, respondió el temerario, “y no os dejaré partir sin haber recibido de vos la Palabra de los Maestros”.
A lo que Hiram respondió: “Insensato; no es así como yo la recibí ni cómo ha de ser solicitada. Trabaja, persevera y te verás recompensado”.
Aquella respuesta exasperó al desalmado, que intentó golpear al Maestro en la cabeza con el pesado plomo de su plomada. Hiram consiguió esquivar el golpe, recibiéndolo en el hombro derecho. Pero aturdido, cayó sobre su
rodilla derecha.
Dándose cuenta del peligro, Hiram trató de alcanzar la puerta de Occidente, pero en ella se encontraba apostado el segundo conjurado, que le exigió lo mismo, de igual forma amenazadora. El Maestro reaccionó con idéntica
firmeza.
Pero el desalmado, esgrimiendo un Nivel como arma, intentó asestarle un golpe en la cabeza, que fue esquivado, recayendo sobre el hombro izquierdo del Maestro. La violencia del golpe hizo que Hiram cayera sobre su rodilla izquierda.
Aturdido por aquel nuevo golpe, el Maestro se dirigió a duras penas hacia la puerta de Oriente, última salida por la que esperaba poder escapar. Vana fue tal esperanza.
El tercer conjurado le detuvo, exigiendo, también amenazadoramente, que le fuera revelada la Palabra de los Maestros.
“Antes muerto”, respondió Hiram a su tercer atacante, “que violar el Secreto que me ha sido confiado”.
En aquel instante, el infame golpeó al Maestro fuertemente en la frente con el Mazo, derribándole sobre el suelo del Templo. Así pereció aquel hombre justo, fiel al Deber hasta la muerte.
¡Ah, Hermanos! Tan solo él poseía el secreto de la obra que se estaba ejecutando. ¿Quién se atrevería ahora a sucederle? Sin embargo, no nos desanimemos, Hermanos. Tras haber llorado a nuestro Maestro, arrebatemos su cadáver a sus asesinos. Rindamos a sus restos mortales los honores fúnebres debidos. Tal vez logremos recoger aún algún resto de su ciencia. Viajad, Hermanos míos, de Occidente a Oriente por el Septentrión, y de Oriente a Occidente por el Mediodía,  hasta que descubráis el sagrado lugar en que los infames asesinos han dejado el cuerpo de nuestro Maestro Hiram.

 

El relato prosigue, según la tradición, con el encuentro de la tumba del Maestro Hiram:

 

– Este árbol fúnebre, esta Acacia, me anuncia una sepultura. No hace mucho que ha sido plantada. Tal vez cubra la tumba de nuestro Maestro Hiram.
[…] Sí. Se dice que el Conocimiento reposa a la sombra de la Acacia […] ¿Pero, qué veo? Una Escuadra y un Compás no me dejan lugar a dudas.
Que tres Hermanos se queden aquí, mientras vamos a informar al Muy Venerable Maestro de nuestro hallazgo.
[…] Viajando hacia Occidente, hemos percibido, a la luz del crepúsculo, una Acacia que cubría una tumba cuya tierra parecía haber sido recientemente removida. Los instrumentos que hemos encontrado junto a esa tumba nos han hecho pensar que en ella podía yacer nuestro Maestro Hiram, pero no nos hemos atrevido a turbar el reposo de sus restos y hemos decidido apresurarnos a informaros de tal hallazgo, a fin de que vengáis con nosotros para comprobar si nuestras conjeturas tienen fundamento.
Tres de nuestros Hermanos han quedado guardando la sepultura.
– […] Ojalá hayáis encontrado el cuerpo de nuestro Maestro bienamado. No nos demoremos más; guiadme hasta allí.
– […] Veo a los Hermanos a quienes hemos confiado la custodia de la tumba. También la señal que nos ha sorprendido. Ahí está la Acacia.
Acerquémonos.
– ¡Ah Hermanos! Es él […], es el Arquitecto. Veo bien, por la forma en que está colocado y por los instrumentos abandonados en torno a esta fosa, a qué clase de obreros pertenecen los culpables que hemos de encontrar.
¡Diríase que aún respira! Su noble rostro, que la muerte ha respetado, expresa la tranquilidad de su conciencia y la paz de su alma. Tan profunda fue la huella que la virtud había grabado en sus rasgos.
[…] Traslademos estos restos tan queridos y tan valiosos al recinto del Templo, para darles sepultura digna de nuestro querido Maestro».